En primer lugar, podemos decir que la isla de la ciudad, donde se encuentra ahora la catedral de Nuestra Señora (Notre Dame) es la célula de la que nació París, que se fue desarrollando en círculos concéntricos, alrededor de ese punto inamovible. Aquí, hace unos 2000 años, fueron venerados diocesanos y romanos; en tiempos del emperador Tiberio ( contemporáneo de Jesucristo), vaqueros parisienses consagraron a Júpiter un altar que se conserva en el museo de Cluny.
Pero si los antepasados de la catedral fueron paganos, cristianas fueron las tres iglesias que ocuparon el emplazamiento actual deNotre-Dame:
La antigua catedral dedicada a San Esteban, amplio edificio construido en el siglo V o VI y que ocupaba parte de la nave actual, rebasando el atrio.
Una iglesia dedicada a Nuestra Señora, construida en el siglo VII y reedificada en el siglo IX, después del paso de los feroces normandos, y que cubría parte del coro y de la nave actual.
Una antiguísima Iglesia circular, que servía de baptisterio, San Juan el Redondo (Saint Jean le Rond), Que estaba situada a la izquierda de la fachada actual.
Pero al entrar en la catedral actual ya no nos encontramos en el siglo VI ni en el IX, sino alrededor de 1210. Período favorable para el reino de Francia, que bajo el rey Felipe augusto se estructura interiormente, y para la dinastía de los Capetos que extiende su territorio a costa de los reyes de Inglaterra. Menos gloriosas resultan las cruzadas de ese tiempo: con la cuarta, en 1204, sólo se consiguió la toma y saqueo de Constantinopla, hecho que aún ensombrece las relaciones entre el occidente y las iglesias orientales. Ya hacía 50 años, el obispo de París, Mauricio de Sully, notable por su ciencia, su genio práctico y su sentido de responsabilidad espiritual, había decidido construir una nueva catedral, deseando que París se beneficia de los recientes adelantos arquitecturales, que permitían una mayor entrada de luz en los edificios.
La arquitectura ojival, más tarde llamada de llorar activamente gótica (en el sentido de Bárbara), colocaba principalmente los empujes en pilares y contrafuertes; los muros no necesitaban ya ser tan macizos; se podían abrir en ellos ventanas anchas y altas. Eso convenía a la nueva catedral, dedicada a María, la madre de Jesús, cuya función era la de reunir a los discípulos de aquel que se llamó asimismo “luz del mundo”. Sin embargo, la primera impresión del visitante de Notre-Dame de París es la de la oscuridad. Quizás se debe al estado de las piedras y del cielo de París, pero principalmente a la antigüedad de Notre-Dame cuando proyectan sus planos los arquitectos, la revolución ojival se está iniciando. Sólo proceden a Notre-Dame de París la basílica de San Dionisio (Saint-Denis) y las catedrales de Sens y Laon. Para aumentar la solidez, la nave principal está apuntada por tribunas que ensombrecen las naves laterales.
Los trabajos que llevaron consigo la destrucción de las iglesias anteriores empezaron por el coro. 50 años después, la construcción de la planta estaba totalmente terminada y empezaba a elevarse la fachada. El que venga aquí un lunes por la mañana, cuando para hacer la limpieza han sido retiradas todas las sillas, verá como, olvidándose de la relativa oscuridad, se deja llevar por la dinámica de esta arquitectura que conduce hacia el centro, donde se celebra la liturgia, y al mismo tiempo le eleva, dándole el sentido de la grandeza y la gratuidad de Dios
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